A buenas horas
Es septiembre. Era sábado. El sábado pasado para ser más concretos. Un día soleado, estupendo, y con mucho alboroto por las calles.
Cogimos el coche para ir a la gran capital, Madrid. Nos habíamos quedado dormidas, debían de ser las 11 de la mañana cuando nos dimos la ducha, nos secamos el pelo y vestimos rápidamente. Ya eran las 12 y media y salimos pitando, llegábamos tarde a la exposición, y era el último día.
- Alba, bájate aquí y te pones en la cola, ¿vale? Sino no podremos entrar.
- Pero ahí hay una señal de parking, debe estar cerca, llegaremos.
Fuimos entonces a buscar el parking, ya era sobre la 1 de la tarde. El parking estaba unas tres calles atrás, y tuvimos que correr como locas para llegar a tiempo.
Se acerca un guardia: "Yo si fuera vosotros no esperaría porque vamos a cerrar a las 2, no podréis entrar"
Nadie se movió de la cola.
Ya eran las 2, estábamos a pocos metros de la puerta.
- Alba... No vamos a entrar... ¡si te hubieras bajado del coche cuando te dije!
- Mamá, optimismo ante todo. Sé que entraremos, no te preocupes, ¿no ves lo tranquila que estoy?
De nuevo volvió a salir el guardia a la puerta de aquella galería: "Bien, tengo buenas noticias. Todos los que estáis en la cola podréis acceder, aunque la visita será corta, pero sólo los que estéis en cola ahora mismo, nadie más"
- ¡Te lo dije!
Y allí estaban sus fotos. Algunas de su familia, su padre era piloto, su madre bailarina, y tenía varios hermanos, pero a los que ella debía tener más afecto debían ser Philip y Susan, se notaba; a parte de ello había cientos de retratos a 'celebridades' y algunas fotos implícitas sobre guerras. No es la fotógrafa que más me llame la atención del mundo, pero me gustó. Verlo allí, en esas dimensiones, sumergiendome en el momento de la escena, en cómo estarían esas personas posando, en qué sentiría Annie Leibobitz, y leer sobre su vida, que es sin duda singular, y a veces difícil... Fue genial.
Algún día seré una buena fotógrafa, me lo prometo. Total, soñar es gratis.
Del resto no hay mucho que contar. Comimos a plena luz del día en un restaurante moderno tras la Puerta del sol, y como postre el camarero nos regaló un par de enormes rosas. Más tarde, por casualidad, nos encajamos en la final de la vuelta ciclista (en tercera fila frente al podium)... Y volvimos a casa con un par de sonrisas pintadas en la cara.

